25/05/2019

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En la confianza estaba el peligro

Crónica de un abuso divino

29/04/2018

En la confianza estaba el peligro

Su cercanía con Dios nos daba un sentido de seguridad y pureza; al menos a mí. Con conversaciones muy amenas, abundante en consejos y en valores para convivir en familia. Una que otra bendición y para la casa. Así se podría definir la rutina en la parroquia de los ochentas (post terremoto de 1985)

Los primeros años de acólito, sentía mucho miedo. Los curas tenían fama de enojones, estrictos y misteriosos. Cuando ingresaba a su casa, una mesa de mantel largo siempre con los cubiertos puestos. Preparada para el hambre de cualquiera de los miembros de la comunidad. Un living de cuero, ceniceros por varias partes. Siempre El Mercurio enrollado en un revistero. Piso de parquet brillante. Una cocina siempre con olor a comida, abundante en ollas, vajilla, un refrigerador grande.  Un altar donde estaba una cruz y la virgen.

La casa; además, contaba con un inmenso sótano. De dimensiones tan grandes como lo era arriba. Este se ocupaba como una gran despensa. Era como bajar a un supermercado. Bebidas, agua mineral, mercaderías, verduras. De todo en esa dependencia subterránea. Mientras que afuera de la capilla, desfilaba la gente desposeída pidiendo vestido o algo de comer. Este era un recinto enorme, de dos pisos, con varias habitaciones, con lo necesario para vivir con bastante comodidad. Cada cura tenía su propia habitación. Abajo, había un gran espacio donde cada religioso guardaba su vehículo. 

Dentro de la jerarquía eclesiástica se puede distinguir a los padres, hermanos y diáconos. Los padres o curas, están bajo la dirección de un párroco, él es el que celebra las misas en la iglesia principal, el resto las celebra en las congregaciones de las diversas localidades que atiende la parroquia. El hermano está un escalafón más abajo. No es cura, pero puede celebrar varios sacramentos. También al igual que los padres, vive el celibato. En cambio, los diáconos, son clérigos o ministro que participan activamente y están autorizados para celebrar ciertos sacramentos y profesar la palabra. Ellos pueden casarse y hacer una vida normal de familia.

Todo este ambiente celestial, cuando eres niño te hipnotiza. El fresco y constante olor a flores, a vela, a incienso, el silencio amplio y las diversas imágenes santas. Te hacen sentir que eres un soldado de Dios. La fe es algo que se vive. A mis padres, me imagino, les daba orgullo y seguridad el saber que su hijo iba a la iglesia. Eso era mejor que andar en la calle o en los videojuegos (del Willy), donde estás expuesto a muchos riesgos.

En la medida que uno va creciendo, el hermano se acerca cada vez más. Con una peculiar solicitud relacionada con la confianza. Los amigos estrechos, porque así me decía que era, tenemos que pasar por ciertas pruebas que van reafirmando esa relación fraternal. Él siempre me decía que me quería mucho. Entró a mi hogar como amigo de la familia, tomaba once en la casa junto a la familia. Muy amigo de mi padre y madre. Ambos dichosos con su presencia, ya que Dios entraba de alguna forma u otra y además, bendecía al más pequeño del clan, es decir a mí. Incluso, me apadrinó en mi confirmación.

Un día, después de ayudar a hacer una misa del día sábado en la noche, el hermano me dijo que lo acompañara a la sala de reuniones. Entre yo primero, mientras que él cerraba la puerta, para luego poner llave por dentro. Se acercó. Me dijo que estimaba que había llegado el día de la “Prueba de la Confianza”. Yo algo nervioso, sin saber mucho, estaba con cierto miedo. Lo cual se acrecentó cuando este hombre, que por esa época superaba los sesenta años, con una obesidad evidente, con cejas evidentemente depiladas pero que salían de a una sobre sus ojos. Expelía un olor a axila, una camisa desgastada y apretada. Además, tenía uno que otro pelo que salía de sus orejas. Su respiración agitada, que hacía que la cruz de plata que colgaba sobre su escaso cuello se moviera a su ritmo. De inmediato me dice que me acerque, él estaba sentado en una silla. Me toma de mi cintura y sorpresivamente pone su mano en mis genitales. Su respiración se agita aún más. Hasta que me revela que la prueba de la confianza consistía en que debía masturbarme delante de él. Así que me pidió que me bajara los pantalones y calzoncillos. Al mismo tiempo que me tocaba y me acariciaba mi intimidad.

Nunca olvidaré su mirada, sus ojos muy abiertos, con una sonrisa leve, su frente brillante, me imagino por su excitación. Yo muy asustado, di un paso atrás, me subí como pude mi ropa interior y pantalones. Diciéndole que no estaba cómodo con esto. Él, algo molesto, me dice que me entiende. Aludiendo a que al parecer “no soy tan amigo” como él pensaba. En ese momento, a mis doce años, me hizo sentir mal, triste, ya que no era digno de su amistad, le había fallado. Me aparté y al tratar de salir, le pedí que abriera la puerta. Se acercó y me dijo que le jurara por Dios que jamás le contara a mi padres, ya que esto era parte de un pacto de amigos y que se sellaba en la casa de Dios. Además que ellos no lo entenderían.

Nunca se volvió a hablar del tema. En mi casa si lo conté, fue mucho después que muriera mi padre. Él siguió visitando mi hogar como “el gran amigo” de la familia que era. Esta experiencia fue tomando perspectiva con el tiempo. Igual seguí frecuentando la iglesia. No veía la maldad de ese capítulo. Hasta que con el tiempo me fui enterando, que no solo a mí me había pasado. Otros niños, habían vivido experiencias similares. Las que salieron de conversaciones casuales. Donde todos nos hicimos los desentendidos, sellando en silencio el asombro hipócrita e inocente de la vergüenza y el juicio.

Mi madre no entendía mi música, no entendía mi literatura llena de blasfemias. Me culpaba de satánico. Con ello sepultaba cualquier expectativa de vida en mi futuro. Un melenudo que escucha metal, con una actitud rebelde no tenía ningún futuro en el mundo. No entendía y no comprendía donde había quedado ese niño acólito cercano a Dios y a Jesús. Mi silencio me llevó a la rebelión, odio y ceguera, en una guerra silenciosa que se decretaba día a día en mi interior por años.

Con el tiempo supe, que este hermano fue expulsado de la parroquia, porque había sido sorprendido con un joven en una situación sexualmente confusa. No sé más detalles, no me consta. También supe que fue destinado a Lourdes. Allí vivió sus últimos años en el olvido. El Alzheimer fue diluyendo cada recuerdo y cada acto de abuso que este ser pudo haber realizado. Junto a la complicidad de su iglesia.

Hoy, después de muchos años,  más maduro, les confieso que respeto mucho a los que tienen fe en sus religiones. No soy nadie ni dueño de la verdad para juzgar, me parece que cada cual puede creer en lo que quiera y si encuentra paz en ello, y se siente mejor persona, lo aplaudo. Me alejé totalmente de ese mundo, teniendo claro de que de exisitr un ser divino, universo, fuerza; cualquiera sea el nombre, este se debe buscar dentro de cada cual y no afuera.

Hace poco el papa se reunió con las víctimas emblemáticas de la bestia Karadima. Ellos son la punta del iceberg. La iglesia es gigante, y seguramente en lugares recónditos, capítulos como el que viví en los ochentas, se han replicado hasta ahora y mientras no se realicen cambios trascendentales en la iglesia y en la ley, este será un cuento sin término.

Finalmente, y no menos importante, para todos aquellos descerebrados que dicen que a cierta edad el joven o niño sabe lo que hace. Los invito a remontarse en el tiempo, donde no había información, donde estos casos eran totalmente ocultos, en tiempos en que estos temas no eran conversados en los hogares, cuando aquel cura o padre era una autoridad casi inimputable, pues su envestidura divina lo hacían tener un escudo protector que impedía ver más allá, pasando por calumnias o un imposible sus fechorías. Hoy, seguramente debe ser más difícil el abuso, no imposible, pero más difícil por la noticia en tiempo real, por la masificación de redes sociales, y porque los niños están más claros con estas temáticas (espero).

Hoy tiene que ser importante la comunicación que debe existir en los hogares, los padres cumplen un rol activo en esto. En lo personal, creo que hay curas buenos y malos. Sin embargo, ese hedor que me quedó en la nariz, no me permite diferenciarlos…

Histoira llegada a nuestra casilla que merece un espacio en este medio. Les dejo “Torn Within” de Metallica, ad hoc para esta crónica, subtitulada. Del álbum Load.

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