24/08/2019

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Piece of Mind cumple 35 años

El disco que consagró (tempranamente) a Dickinson y McBrain en IRON MAIDEN

16/05/2018

Piece of Mind cumple 35 años

El cuarto disco de IRON MAIDEN, “Piece of Mind” (publicado en 1983) significó dos cosas para la emergente banda inglesa, mascarón de proa de la NWOBHM: el debut del baterista Nicko McBrain como reemplazo forzado del talentoso Clive Burr y la primera oportunidad seria que tuvo Bruce Dickinson de marcar diferencias con su antecesor, el muy hirsuto Paul Di’Anno. Esa voluntad de establecer distingos apreciables puso a ambos (recién ingresados) miembros en un trance interesante: ocuparse de invocar una especie de “tormenta creativa” que pusiera al quinteto en algo así como la “vanguardia” del género musical sin arriesgar mucho las expectativas de las audiencias ni las proyecciones del sello. Usualmente se suele comentar, sobre todo  en los circuitos discográficos, que resulta recomendable publicar discos cuyo 30% sea material “experimental” y no tan apegado a lo que podríamos llamar la tendencia regular del intérprete o colectivo musical; uno que permita a los fans ir aceptando (paulatinamente) los progresos estéticos que toda banda aquilata a medida que su carrera progresa. Si bien una agrupación musical va creando vanguardia con cada trabajo publicado, también recibe o recoge influencias de otras tantas, integrándolas según su propio criterio y sumándolas a su “registro” de un modo lo más homogéneo posible. McBrain, por ejemplo, adaptó su estilo depurado y ultratécnico de manera milimétrica y sin mayores contratiempos para el resto del equipo, buscando, más que nada, marcar un distingo claro en el “color” del sonido que su batería podía sumarle a las nuevas composiciones. Legendaria es a estas alturas,  por ejemplo, su enconada costumbre de NO utilizar el doble bombo aún cuando la canción aparentemente lo requiera, arreglándoselas sin ningún problema con uno solo gracias a su exquisita destreza.

El proceso de integración de Dickinson a su nueva banda, en cambio, supuso cierta tensión para Steve Harris, el líder indiscutido del plantel. Normalmente Harris es quien compone el grueso del material en cada disco; pero Dickinson reclamó, desde un comienzo, una participación mayor en esa tarea aún cuando fuera en la redacción de una o dos estrofas de cada canción. En el disco inmediatamente anterior (el ya célebre “Number of The Beast”) Bruce no compuso absolutamente nada y sólo se limitó a cantar piezas que, hasta cierto punto, sonaban como expresamente escritas para el despedido Di’Anno: más proclives al riff abrasivo y fugaz, casi hardcore punk (aunque se enoje Steve por dicha asociación) como “Invaders”, “The Prisoner”, “Gangland” o  “Run to The Hills”; temas que él interpretó con un estado anímico lo más parecido a un “piloto automático”. Sólo escuchando “Children of The Damned”, “22 Acacia Avenue” o “Hallowed Be Thy Name” se podía advertir el potencial vocal que Dickinson podría alcanzar hacia adelante…siempre y cuando se le permitiera tomar la iniciativa.  Así pues, el cuarto álbum era una oportunidad perfecta para “abrir la cancha”.

El disco comienza con la atronadora “Where Eagles Dare” (inspirada en el film bélico homónimo de 1968 protagonizado por Clint Eastwood y Richard Burton) en donde la fracturada percusión de Nicko lleva la guaripola de modo omnipresente. Compuesta bajo la clásica estrategia de  composiciones extensas y con tramos instrumentales bien delineados, el tema funciona como un estupendo “sampler” de la habilidad de Dickinson para proyectar su voz en un amplio y emotivo rango de notas; de hecho él transforma la canción en un poema épico transpirado y rotundo, aún a pesar de verse “escoltado” por ruidos de metralleta y varios solos de guitarra crispados que “giran” estratégicamente a su alrededor; de hecho se podría interpretar que todo el cúmulo instrumental pretende recrear un encarnizado combate entre tropas nazis y aliadas en donde la metralla machacona lleva el compás.  Le sigue otro tema de largo aliento, de inspiración bíblica, en donde las pulsaciones cardiacas bajan bastante. “Revelations” se tambalea incesantemente como una suerte de letanía quejumbrosa  envuelta en guitarras grumosas, las que contrastan con la dulzura meditabunda que Bruce le inyecta a las estrofas. Esto era lo que Harris probablemente buscaba en un vocalista y que Di’Anno no podía entregar: la capacidad de transitar, de manera resuelta, entre la sutileza de un susurro y la furia de una declamación sincera...pero sin sonar como ladrido estridente (aunque, es justo reconocerlo, Paul lo intentó seriamente en “Charlotte The Harlot”).

“Flight of Icarus” ha sido definido por algunos como el “Epítome del Heavy Metal”, la canción que mejor define el estilo y sus características implícitas: el tono marchoso y amenazante, el patetismo vocal que, arropado por su cobertura instrumental, se yergue como un estandarte sostenido que pretende inflamar voluntades. Cuando Bruce proclama  “In The Name of God My Father I Fly!!”, ya sabemos que las intenciones del clásico personaje de la mitología griega aludido (el ingenuo Dédalo que pretende volar cerca del Sol sin precaución alguna) van en serio. Por su parte “Die With Your Boots On” comienza con una descarga estricta y típicamente “militar” que redondea la dosis en base a riffs de guitarra muy conectados con la “línea madre” que les trasmite el bajo de Harris. El primer lado del disco termina así de un modo más "abrasivo" que los discos previos, y  con una notoria prevalencia de una agresividad  más “templada” por remansos instrumentales que se convertirán en una práctica más frecuente en el futuro.

“The Trooper” advierte lo que su lírica describe, ya desde el primer segundo: una alambicada embestida militar (por algo se inspira en el poema “La Carga de la Brigada Ligera”  del escritor Alfred Lord Tennyson) tal y como el tema anterior...pero aquí la munición sónica va “embutida” en una compleja trama o “trenza” de guitarras paralelas arrastradas por el “galope” que Nicko Mc Brain le inyecta a su batería. Todo se “energiza” de una manera inédita. Aquí emerge un IRON MAIDEN que se deshace de su capullo previo y salta hacia la consagración o más bien cristalización de algo ya comentado más arriba: esto es ejemplo perfecto del poema épico  (con denominación de origen, por decirlo de algún modo) cuyo cuajado sólo es posible gracias a la confluencia de dos ingredientes clave : la ductilidad vocal de Dickinson y la inventiva de Harris (y su buena voluntad) para adaptarse a ello y proveerle de un marco de referencia estético ad-hoc. No se trata de menospreciar el aporte de Smith, Murray y McBrain, por supuesto; sino más bien de subrayar la importancia capital que la “simbiosis” entre bajista/compositor y vocalista tuvo al momento de “institucionalizar” su sonido. “Still Life”, por su parte, comienza con una humorada de Nicko ( a través de una pista vocal suya, revertida) que da lugar a una tonada que, desde la calma, desemboca hacia una tormenta emotiva en donde la dupla Murray /Smith vuelve a “tejer” su fórmula ya descrita, seguida por solos de guitarra asignados, por turnos, a cada cual. “Quest for Fire” (inspirada por el film homónimo de Jean Jacques Annaud, de 1981) plantea una modalidad interesante del tono “marcial” caracterizado por estrofas bizarras y un estribillo socarrón que atisba cierto afán “operático” en la voz de Bruce. Es una de las mejores muestras de la riqueza vocal “pictórica” del diminuto cantante. “Sun & Steel” (inspirada en el ensayo escrito por Yukio Mishima sobre la vida del samurái Miyamoto Musashi) trae a colación nuevamente  el “galope” ya planteado en “The Trooper” pero provisto, en cambio, del estribillo más entusiasta del disco; una calurosa invitación a corearlo a todo pulmón a pesar de que la banda JAMÁS la ha interpretado en concierto alguno (al igual que la anterior). Aunque cueste creerlo.

Ya como remate, el disco nos sumerge en la algo tóxica, convulsiva y muy enigmática “To Tame a Land” (inspirada en la novela “Duna” de Frank Herbert que dio pie al film homónimo de 1984, dirigido por David Lynch). Esta comienza (engañosamente) con una porfiada retahíla melódica “naive”  (con cierta resonancia oriental) que, de improviso, tropieza y cae hacia una transcripción similar pero en clave “malévola”, con la ceja fruncida. Esto ya provoca un shock indeleble que no anticipa lo que podría venir más adelante. Los copiosos tramos de jactancia instrumental que suceden a las breves estrofas de Bruce, funcionan como un “aperitivo” de lo que MAIDEN transformaría luego en una práctica habitual y que ya se comentó más arriba: las “suites” de largo aliento, “pluriclimáticas”, complejas, detallistas y con vocación instrumental “progresiva”, en donde la voz de Bruce sólo estaría presente en zonas estrictamente delimitadas: “Powerslave”, “Rime of The Ancient Mariner”, “Alexander The Great”, “Seventh Son of a Seventh Son” y un gran porcentaje de su repertorio a partir de 2000 en adelante. En un gracioso vuelco “especular” la canción agoniza recreando la misma rutina que usó al principio, como si aludiera, sarcásticamente, a una estrategia del “Eterno Retorno”.

“Piece of Mind” es, sin duda, el disco más “áspero” de la etapa clásica del catálogo de la Doncella de Hierro-al menos de aquella con Dickinson al micrófono- y con toda justicia el primer volumen en donde éste demostró por qué Harris había tomado una excelente decisión al darle un puesto en su tripulación...y también a Nicko.

 

Equipo Oldescool

 

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